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FRAY JUAN ÁLVAREZ DE SEPÚLVEDA:
EL PRIMER HISTORIADOR DE LA VEGA

  
      Un gran personaje, desconocido, de nuestra comarca de la Vega es el fraile Juan Álvarez de Sepúlveda. Había nacido a principios del siglo XVII en el pueblo cordobés de Pozoblanco e ingresó en la orden franciscana, realizando estudios de artes y teología y ordenándose sacerdote. Formó parte de las comunidades de varios conventos de la provincia franciscana de los Ángeles, a la que pertenecían, principalmente, los situados a las faldas de Sierra Morena de las provincias de Sevilla, Córdoba y Badajoz. Entre ellos se encontraban los de San Luis del Monte, en Peñaflor, San Antonio, en Lora del Río, Aguas Santas y San Francisco del Monte, en Villaverde del Río, San Francisco de los Ángeles, en La Algaba y San Antonio de Padua, en Sevilla.

       Fray Juan fue maestro de teología de los frailes de la provincia aspirantes al sacerdocio, y, además, tenía fama de ser un gran predicador, lo que le hizo viajar no sólo por media España, sino también por Francia e Italia. Dos veces, al menos, fue guardián o superior del convento de Aguas Santas y también parece ser que llegó a desempeñar el cargo de ministro provincial. Los últimos años de su vida, una vez jubilado, quiso pasarlos bajo el manto protector del tesoro más preciado de su provincia franciscana: la imagen de Aguas Santas. Virgen que, por cierto, compartía la titularidad de la provincia con la imagen de los Ángeles del convento matriz de Hornachuelos.

          Este hombre, gracias a sus muchos estudios, sus largos viajes y sus relaciones con personas diversas e importantes, poseía una gran cultura, como nos demuestra en su único libro conocido; manuscrito cuyo largo título, según la costumbre de la época, es “Historia sin historia campesina y geográfica de la Sagrada y pequeñita Imagen de Nuestra Señora de Aguas Santas cerca de la ciudad de Sevilla”. Fue escrito entre los años 1680 y 1683, y el original se encuentra perdido. De él se conservan dos copias, igualmente manuscritas; una en la biblioteca arzobispal de Sevilla y la otra en manos particulares. La hermandad de la Virgen de Aguas Santas de Villaverde del Río realizó una edición impresa del libro en el año 1970.

         Cogeremos el manuscrito y en él descubriremos cosas curiosas e interesantes de nuestra comarca. Nos iremos a pie con fray Juan en algunas de sus visitas, cuando iba a predicar, a oficiar en algún entierro, a acompañar a la Virgen de Aguas Santas en sus muchos traslados a las localidades vecinas o a recoger datos para su libro, y nos contará historias sobre nuestros pueblos.

         Para empezar, vamos a visitar el convento de Aguas Santas, donde el fraile nos va a mostrar las incomparables vistas que desde esta atalaya se dominan. Actualizando la ortografía, sus palabras textuales son estas:

          “El convento se compone de tres cuartos o dormitorios muy capaces, unidos, y como abrigados con la iglesia. Y estando ésta como de través al mediodía, ellos se fabricaron línea recta a las otras tres partes del mundo. Desde el dormitorio que mira al oriente, se ve distintamente la ciudad de Carmona y sus olivares. El del norte tiene a la vista en distancia de una milla las primeras cimas de los Montes Marianos y el de nuestra Mesa Redonda, que nuestros antiguos llamaron Monte Santo. Desde el dormitorio del poniente alcanza la vista la villa de Salteras, que dista cinco leguas y es principio del Aljarafe; de Sevilla, la giralda de bronce con que remata su grande y hermosa torre; parte del río Betis; grandes campiñas en que se esparce la vista, y los religiosos ven desde la celda saltar los pececillos en nuestro arroyo Escardiel con toda la huerta que gozamos, por ser la distancia de un tiro de piedra y estar ella en sitio bajo y esta casa en lo alto.

La puerta de la iglesia que está frente a la regular y mira al mediodía es una vista hermosísima y muy espaciosa. Descúbrese toda la tierra y olivares que hay desde Carmona a Sevilla; y la villa de Brenes situada a la otra banda del Betis”.

           Nos explica también lo saludable que es el lugar en que está construido este convento y, de camino, cómo es el clima de la zona. Dice que los nueve meses que van desde San Miguel a San Pedro (septiembre a junio) son una apacible primavera y que el invierno de aquí es como el verano de Béjar (Salamanca); que muchas personas mueren sin haber visto nevar y que el agua congelada se enseña como cosa rara; que hay poca necesidad de leña y los hombres rara vez se arriman a la lumbre. Continua diciendo que, por contra, los tres meses restantes se sufren unos fortísimos calores que producen fiebres tercianas; que se suda hasta en la sombra, que los candados de las celdas, a pesar de estar en el interior, calientan la mano cuando se abren y que en las horas de calor no se puede rezar ni un “avemaría” apoyado en las barandillas de hierro del claustro del convento. Asegura que el sol del verano derrite el plomo, como él ha observado que ocurrió con las planchas de este metal colocadas para cubrir la torre de San Isidoro de Sevilla. Por último, cita una curiosa costumbre anterior al invento de la electricidad: el uso de la nieve en verano, reservado sólo a las clases más pudientes.

Cantillana, Brenes y Villaverde

         En primer lugar, fray Juan nos va a hablar de tres pueblos de nuestra comarca de la Vega del Guadalquivir: Cantillana, Brenes y Villaverde del Río. Vamos a abrir su libro manuscrito por el capítulo titulado “Dueños que ha tenido la tierra en que está Nuestra Señora de Aguas Santas”. Dice el fraile haberse documentado en los anales de Ortiz de Zúñiga y de Pablo de Espinosa y en las obras de Rodrigo Caro y del  padre Quintana Dueñas.

         De Cantillana nos cuenta que tuvo antiguamente el nombre de “Basiliso”, que conservaba piedras y muchas cosas dignas de memoria, que a Fernando III le costó mucha sangre de cristianos poderla conquistar a los moros y que este rey se la donó a la Iglesia de Sevilla, siendo primero para el cabildo de la catedral, después propiedad conjunta del cabildo y del arzobispo, época en que se repobló de moros por la escasa población que tenía, y por último del arzobispo como único dueño. También nos dice que junto a la iglesia parroquial construyeron los arzobispos un palacio donde pasaban largas temporadas. Concretamente nombra a tres que habitaron en él: don Gonzalo de Mena, don Diego de Anaya y don Diego de Daza.

        De Brenes dice fray Juan que fue propiedad del infante don Fadrique hasta su muerte, donándola después su hermano Alfonso X a la Iglesia de Sevilla para pasar definitivamente al arzobispo.

         De Villaverde averiguó lo mismo que sabemos en la actualidad: que en el reinado de Alfonso X el Sabio fue del cabildo de la catedral hasta que pasó a propiedad del arzobispo de Sevilla.

         Nos sigue relatando el fraile cómo en el año 1574 el papa Gregorio XIII hizo entrega al rey Felipe II, como contribución a los gastos ocasionados por las guerras de religión, de diversas posesiones que la Iglesia tenía en España. Entre ellas se encontraban Brenes, Villaverde y Cantillana. En nombre del rey tomó posesión de las tres villas el administrador general de las salinas de Andalucía, Agustín de Zárate. Un año después la Corona Española ya las había vendido al rico mercader indiano Juan Antonio Corzo Vicentelo.   Fray Juan vio las escrituras, formalizadas en el año 1577, en las que aparecía el importe de la compra: 56.140 maravedíes, equivalentes a 150.107 ducados, y el número de vecinos (cabezas de familia) que tenían en aquel momento los tres pueblos: 676 vecinos y medio, Cantillana (unos 3.000 habitantes); 275, Brenes (unos 1.200 habitantes); y 171 y medio, Villaverde (unos 750 habitantes).

Juan Antonio Corzo Vicentelo era natural de la isla de Córcega. Amasó una gran fortuna en las Indias, y más concretamente en el Perú. Llegó a socorrer económicamente al emperador Carlos V y a su hijo el rey Felipe II. Al volver de América se instaló en Sevilla, en un palacio de la puerta de Jerez, e invirtió gran parte de su dinero en cortijos, haciendas de olivar y viñas, siendo su mayor compra el señorío de Cantillana, Brenes y Villaverde. Fue famoso en su tiempo por sus riquezas, su bondad y sus grandes limosnas. Murió el 17 de Abril de 1577, siendo enterrado con el hábito franciscano en el convento de San Francisco de Sevilla.

        Según nos cuenta el libro en el capítulo sexto de la segunda parte, el nieto de “El Corzo”, Juan Vicentelo de Lecca y Toledo, heredero del mayorazgo, consiguió del rey Felipe III el título de conde de Cantillana en 1611, y posteriormente el hábito de la orden de Santiago, ascendiendo también a gentilhombre y a alcalde mayor de Sevilla. En 1612 firmó las escrituras por las que él y sus herederos se convirtieron en patronos del convento de Aguas Santas y en 1630 remató las obras de la iglesia parroquial de Cantillana. Se ejercitó de joven en la cacería y en montar a caballo, como era costumbre entre los nobles de la época. Llegó a ser muy diestro en lo que hoy se ha venido a llamar rejoneo; participaba en las fiestas reales que los monarcas celebraban en Madrid y era conocido en ese mundo como “Cantillana”. De él nos cuenta fray Juan Álvarez muchas más cosas. Sólo citaremos algunas: Por su condición de gentilhombre, fue elegido como acompañante del Príncipe de Gales en su viaje a España en 1623 y del rey Felipe IV en una visita al reino de Aragón. Se casó con doña Isabel de Velasco, hija del conde de Elda, y murió en Sevilla el 18 de Octubre de 1645. La riqueza que acumuló su abuelo parece ser que se vino a menos a causa de su ostentación, las fiestas y su excesiva generosidad.

También nos cuenta fray Juan Álvarez de Sepúlveda que tanto “El Corzo” como sus sucesores, además de su palacio en Sevilla, siguieron usando el palacio que los arzobispos habían construido en Cantillana, aunque en la época en que escribió el libro ya estaba destruido. Como curiosidad al respecto citamos uno de los milagros recogidos por el fraile, ocurrido en 1649, en el que se cuenta cómo la condesa viuda, Teresa de Silva, salió a los balcones del palacio que daban al río Guadalquivir pidiendo que socorriesen a un niño que se había caído al agua y ella veía que se ahogaba. Esta condesa, era esposa, según se deduce en el libro, del segundo conde de Cantillana, Juan Luis Antonio Vicentelo de Lecca, y costeó en 1653, siendo ya viuda, una gran obra sobre el Guadalquivir: cortó el río en el vado de Vega Navarro para conducir el agua a unas aceñas que se construyeron, con nueve piedras “de moler pan”. Su marido remató las obras del convento de Aguas Santas, dando así cumplimiento al compromiso adquirido por el primer conde, su padre.        

Otro Juan Vicentelo de Lecca, de la familia de los condes, por los grandes servicios que había hecho, fue nombrado por el rey Carlos II marqués de Brenes. Era un gran marino que había ocupado los puestos de general de flota y almirante de galeones, y en 1680, después de conseguir el título, era general de galeones.  A la vuelta de sus viajes a las Indias, según cuenta el fraile, no dejaba de visitar a la Virgen de Aguas Santas; como en 1680, en que entregó 100 pesos de limosna “por el buen suceso que tuvo en el viaje”.

          Del Villaverde que fray Juan conoció en la segunda mitad del siglo XVII nos dice que tenía 4 ó 5 calles, algunas muy bien empedradas y todas muy llanas, y una iglesia parroquial pequeña y de tres naves, con una viga dorada en el arco toral con siete lienzos muy antiguos y valiosos; que sus tierras eran muy buenas para la labor y sus pastos para el ganado. Habla extensamente de la famosa cacería de estorninos que cada invierno se realizaba en el cañaveral de los condes y de los dos castillos que poseía la villa: el de Mesa Redonda y el situado junto a la ermita de San Sebastián, cerca de la población. 

No nos resistimos a copiar la bella descripción que del paisaje de las tres localidades hace nuestro fraile al hablar de la buena compra realizada por “El Corzo”:

         “Apoderose en la posesión de los campos más amenos que tiene la provincia Bética y el reinado de Sevilla, porque a Cantillana que es la mayor población y donde estaba el palacio arzobispal, llamaban los antiguos el jardín de Andalucía por la fertilidad de sus riberas. Hacen triángulos estas villas. La de Brenes tiene su situación a la banda que llamaban  antiguamente de los moros. Cantillana y Villaverde a la de Sierra Morena, cortando por medio el celebrado Betis que dio nombre a esta provincia, formando a un lado y a otro muy hermosas vegas, en que hay fecundísimas matas de olivares y viñas que hacen pingüe el país y enriquecen con la abundancia de sus frutos a los naturales. Está situada Cantillana entre dos ríos en una eminencia, participando de las conveniencias y daños que causan en las habitaciones humanas. Viar es el menor, que trayendo su origen de las cumbres más altas de los Montes Marianos, se sepultan sus aguas en nuestro Betis que es el otro que la baña como en océano, tributándole a éste el Viar tan caudalosas corrientes que cuando llega a Sevilla es ya más navegable de grandes embarcaciones que la enriquecen.” 

       Otros pueblos de la Vega

         Continuamos en la compañía del franciscano Álvarez de Sepúlveda para seguir visitando otros pueblos de la Vega y dejar que nos cuente, a través de su libro, la historia y cosas más interesantes de los mismos. No deja de resultar curioso comprobar que, aun teniendo en cuenta los más de trescientos años transcurridos, en la actualidad se escriban historias locales menos rigurosas que las apuntadas por este fraile.

         Por llevar un orden, cogemos el alfabético y empezamos por Alcalá del Río, transcribiendo al pie de la letra la descripción que de la misma  hace:

         “La villa de Alcalá del Río, de cuya antigüedad y santos hablan los historiadores, está fundada en una eminencia o barranca de nuestro Betis, dos leguas de Sevilla al Septentrión (Norte) y banda de la Sierra. Goza en sus términos de hermosísimas riberas, de campos muy pingües, de vegas, campiñas llanas y descubiertas, y en ellas, de muchos pastos a propósito para la cría de los ganados; por cuya causa sus vecinos, que llegaron hoy a 500 (unos 2.250 habitantes), aprovechando las conveniencias del terreno, se han ocupado siempre en el ministerio de la labor. (...) Conócense en ella familias y linajes muy limpios, que por serlo, y profesar este noble ejercicio, merecen el agrado de Dios. (...) Por el tiempo en que nuestro invictísimo San Fernando asistió personalmente en esta villa y la restauró de los africanos para arrimarle con más de embarazo el cerco a nuestra ciudad metropolitana, tenía grandes haciendas de viñas y olivares que repartió después a los conquistadores. Más la injuria de los tiempos presentes, o por la ociedad de los naturales, que ocasiona grandes daños, las han dejado perder, y están pobres por aplicar poco las fuerzas y el cuidado a su conservación y beneficio. (...) Los labradores de la provincia bética gozan también de río muy nombrado, que es nuestro Betis, y a los de Alcalá les baña sus habitaciones mismas; pero no se aprovechan de sus aguas, sino de los buenos pescados que produce: albures, sábalos, sollos y róbalos. No se riegan con ellas sus campos, o por la indisposición del terreno que no permite divisiones hechas a mano, o porque no es su industria tanta como la de otras naciones que reprimen mares y sujetan ríos; dejando correr libre por donde quiere, y con esto son pocos los provechos y gravísimos los daños que hacen en saliendo de madre.”

         Referente a un oficio tan alcalareño como es la pesca, explica el fraile que en aquella época iban los pescadores locales hasta el tablazo de Zarfia, lugar situado a unos 33 kilómetros por debajo de Sevilla, donde se juntan las aguas dulces del Guadalquivir con las saladas del Atlántico; allí la fuerza de la corriente era tan grande como abundantes los peces.

          Por último, entresacamos de esta localidad un hecho al que dedica el libro un capítulo completo. Se trata de la visita de la Virgen de Aguas Santas a Alcalá del Río en 1668 en rogativas por una sequía. La imagen fue trasladada por 10 frailes, entre ellos el propio fray Juan Álvarez, que nos hace un detallado relato. Entre los datos que nos ofrece, podemos comprobar la tradición cofrade de la localidad: a la llegada de la imagen, acompañaron en la procesión muchos nazarenos con cruces y quince penitentes azotándose las espaldas; y uno de los días de su estancia, vinieron  desde San Gregorio a visitarla en procesión, penitentes con sayas, grillos y cadenas. Otra visita que recibió durante el novenario  fue de la comunidad al completo del convento de San Francisco de los Ángeles de La Algaba, desde donde vino andando y descalza, con su guardián, fray Diego de Villarreal al frente. Sólo añadiremos lo mucho que llovió durante aquellos días y cómo, al regresar, el pueblo se quedó vacío por acompañar todos agradecidos a la Virgen hasta su convento. Incluso unos soldados de caballería al mando de un teniente, que estaban en aquellas fechas en la villa, acompañaron a la comitiva, haciendo salvas con sus pistolas en diversos momentos del recorrido.

         Nombra, también, el fraile a la localidad de  Alcolea, sin más apellido, situada a tres leguas del convento (unos 17 kilómetros). Dice que era una población muy antigua a la que el historiador Rodrigo Caro había dedicado un capítulo completo de su obra, que en época romana fue municipio con jurisdicción propia, llamado “Arva” y que el rey San Fernando la entregó después de la conquista de Sevilla a los caballeros de la orden de San Juan de Malta como premio a sus hazañas guerreras, a quienes seguía perteneciendo según los fueros religioso y civil.

         Aún se conservan en Alcolea varios molinos harineros en el Guadalquivir. Pues, como curiosidad, anotamos otro dato ofrecido por el manuscrito: un joven, hijo de un molinero de esta localidad ribereña, fue andando en 1647 hasta el convento de Aguas Santas, vestido de nazareno con una túnica de tafetán morado y con una cruz a cuestas, tras ser curado por intercesión de esta imagen de la Virgen.

         Otra localidad, situada a tres leguas del convento, y a una de Sevilla, es La Algaba. Tenía en aquellas fechas 400 vecinos (unos 1.800 habitantes). En el reinado de Juan II era propiedad del conde de Niebla, don Juan de Guzmán, quien la cambió con el maestre de la orden de Alcántara, don Luis de Guzmán, por Medina Sidonia. Dice nuestro historiador que vio la escritura antigua del trueque y que lo refiere en su libro Barrantes Maldonado. El rey Felipe II honró a su heredero don Francisco de Guzmán con el título de marqués de La Algaba. En 1681, el quinto marqués, don Pedro de Guzmán, ocupaba el cargo de gobernador de Orán (Argelia) y después de luchar valientemente cayó en una emboscada de ocho mil turcos, prefiriendo morir a rendirse.

        La villa de Burguillos fue de realengo hasta el año 1628 en que fue vendida a un caballero particular. Su población en 1680 era de 100 vecinos (unos 450 habitantes).

Otro núcleo de población de la Vega es la pedanía carmonense de Guadajoz, que para quien no lo sepa diremos que aunque todas sus construcciones son actuales, fue en otros tiempos villa y contó con una famosa feria de ganados. Lo que el fraile nos relata se refiere a unos ladrones que  entraron de noche en la parroquia de Guadajoz quemando las puertas. Robaron una lámpara de plata e intentaron abrir el sagrario para llevarse el relicario. Fueron apresados y condenados a diez años de galeras, castigo consistente en remar en los barcos de la armada real.

          La villa de Guillena, dice el fraile que estaba situada a la “ribera” del río Huelva y al pie de los montes “Marianos”, a tres leguas del convento de Aguas Santas y a dos de Sevilla, siendo sus dueños los duques de Alburquerque. Al hablarnos en un milagro de El Garrobo y El Ronquillo, comenta que estas dos poblaciones serranas pertenecieron antiguamente a Guillena.

         A Villanueva del Río le da categoría de “lugar” y nos explica que estaba fundada sobre unas barrancas del Guadalquivir. Cree el fraile que era una población nueva, al no mencionarla las historias que hablan de la conquista de Sevilla y del reinado de Fernando III. Su dueño era Antonio Álvarez de Toledo, quien había heredado de su madre el título de marqués de Villanueva y de su padre, nada más y nada menos que el de duque de Alba. De joven fue muy aficionado a la caza de volatería, arte que practicaba en los arroyos que bajan de Sierra Morena a la Vega del Guadalquivir. De mayor fue miembro del consejo de estado español y presidente del consejo italiano. Fray Juan cuenta, muy agradecido, que poseía el marqués y duque una yeguada en las caballerizas de Villanueva que le dejaba muchos reales a su dueño, y a su vez se beneficiaba de ella el convento de Aguas Santas al recibir muchos años de regalo las yeguas desechadas, además de una limosna anual de 200 ducados. Dice, además, que era hermano de la cofradía que en Sevilla tenía la Virgen de Aguas Santas.

Al hablar nuestro autor de lo que posteriormente le dio tanta riqueza a esta población, nos dice:

“Villanueva del Río, que está aquí cerca, goza en sus términos de una mina de carbón de piedra negro, como se fabrica de leña y algo pesado. Yo lo he visto y lo he visto arder en la lumbre. Sólo se diferencia en dejar poca ceniza al apagarse. Es de grande utilidad para el dueño de la tierra almacenarlo y venderlo.”

Personajes ilustres

        También hace mención, fray Juan Álvarez de Sepúlveda, de los personajes más ilustres de nuestros pueblos de la Vega. El primero de todos es San Gregorio confesor; dice ser santo muy antiguo cuyo cuerpo se halló en el lugar donde está su ermita, en medio de la población de Alcalá del Río. Se basa el fraile en Marco Máximo, obispo de Zaragoza, el historiador Auberto y el maestro Argaiz para decir que vivió alrededor del año 560 en Constancia Julia, que identifican éstos con el lugar del sepulcro. Añade que murió con fama de santo y realizó muchos milagros.

         En estos mismos autores y en Tamayo de Salazar y Quintana Dueña se fundamenta para hablarnos de Santa Verania. Dice que vivió sobre las mismas fechas que San Gregorio, también en Constancia Julia, que era española, hija de padres godos muy nobles, monja benedictina virtuosa y santa que fundó el monasterio de Santa María de Calicios y los primeros conventos benedictinos de Andalucía. Remata diciendo que murió en el año 576, que su fiesta se celebraba el 1 de septiembre y que por ella le quedó el nombre a la villa de Brenes.

Fray Gaspar de Villaverde, natural de Villaverde del Río, siendo sacerdote y ocupando un alto cargo religioso, lo abandonó todo para vivir en la pobreza de la orden franciscana. El año 1529 se fue de misionero a Nueva España (actual México); de allí pasó al Perú, donde fundó la provincia franciscana de los Doce Apóstoles. Murió muy mayor con fama de santo en el convento de San Francisco de la Ciudad de Los Reyes (actual Lima), donde su cuerpo fue muy venerado, y no hemos podido averiguar si en la actualidad lo sigue siendo.

       La primera persona que se enterró en el convento de Aguas Santas fue don Pedro de Espinosa, sacerdote natural de Cantillana y racionero de la catedral de Sevilla, que murió en 1603. Dando cumplimiento a su última voluntad, fue amortajado con el hábito franciscano.

         Don Juan Salgado era un hidalgo extremeño, natural de Alburquerque (Badajoz), vasallo del primer conde de Cantillana. El rey Felipe IV premió a su señor con dos hábitos de órdenes militares por la buena labor que hizo acompañando al Príncipe de Gales en su viaje a España. Don Juan Vicentelo ofreció a don Juan Salgado, en agradecimiento, uno de ellos, convirtiéndose así en caballero de la orden de Alcántara. Murió con mucha edad en Cantillana y fue enterrado también en Aguas Santas por su devoción a esta imagen.

         Un importante personaje de la vida cultural sevillana de la época era el médico y poeta Alonso Díaz, miembro de la tertulia literaria que se reunía en la Casa de Pilatos Entre sus obras  se encuentra el libro “Historia de Nuestra Señora de Aguas Santas. Poema castellano con algunas iustas literarias en alabança de Santos”, publicado en el año 1611. El poeta se lo dedica a la esposa del dueño de la casa, el tercer duque de Alcalá,  Beatriz de Tavara y Corte Real. Se da la circunstancia de que la duquesa era camarera de la imagen cuando era trasladada a Sevilla y Alonso Díaz  pertenecía a la cofradía que esta Virgen tenía en la capital.

         De Lora del Río era natural fray Antonio de Lora. En 1638, con sólo 40 años, fue nombrado guardián del convento de Aguas Santas. Las obras del edificio estaban muy paradas y se propuso rematarlas, lo que consiguió en 14 años, pues resultó tener unas facultades asombrosas para dirigirlas y buscar fondos para concluirlas. Después no le dejaron descansar porque lo iban haciendo guardián de los conventos que necesitaban reparaciones o ampliaciones. Según podemos deducir de lo que nos cuenta el padre Sepúlveda, fue un excelente alarife en su antiguo significado: arquitecto, maestro de obras y albañil a la vez; continuador de la más rica tradición mudéjar andaluza. Murió en el convento de San Antonio de su Lora del Río natal. Fray Juan Álvarez de Sepúlveda nos lo describe así:

“No era este religioso literato, ni supo más que decir misa y guardar su regla. Nació en la villa de Lora, hijo de labradores muy honrados y como criado en ejercicios de labor, sabía más de bueyes y carretas que de libros. Ninguno es eminente en todo, y éste lo fue en lo que no se imaginaba. Era rubio y por esto le llamaban el Bermejo. Alto de cuerpo y fornido de miembros. Incansable en el trabajo y en la fortaleza un sansón.”

De Brenes eran dos personajes que aparecen, también, en el manuscrito: Juan Manuel Bravo, escribano del cabildo de la villa en 1647, y Alonso Jesús Camacho, sacerdote, nacido en 1653.

Franciscanos de nuestros conventos

         Y para terminar con nuestro historiador del siglo XVII, hablaremos de los dos más ilustres franciscanos relacionados con nuestros conventos de la Vega. Nos parece interesante incluirlos por su relevancia personal y por el prestigio y el nivel cultural que los conventos de esta orden dieron a nuestra comarca.

Fray Juan del Hierro, nació en Alanís (Sevilla) en 1533 y tomó el hábito franciscano con 17 años. Vivió algunos años en San Francisco del Monte de Villaverde del Río, fue vicario provincial y tres veces ministro provincial de su orden. Fray Juan Álvarez le dedica un capítulo de su obra por ser el fundador del convento de Aguas Santas durante su primer ministerio provincial. El año 1612 fue elegido en Roma ministro general franciscano. Un año después murió en el convento de San Antonio de Sevilla, donde se celebró su funeral. A él asistieron infinidad de personas; entre ellas, todas las órdenes religiosas y toda la nobleza sevillana. Nuestro autor  recoge en su libro las palabras del cronista fray Pedro Correa para contarnos el entierro, celebrado ocho días después de su muerte. Entre otras cosas dice así:

         Pidió que llevasen su cuerpo al convento de Aguas Santas de esta misma provincia, que está a cinco leguas de la ciudad de Sevilla, en un desierto sito en el condado de Cantillana. Hízose así porque el gran padre lo pidió para consuelo de su alma y honra de su cuerpo, por la devoción grande que tuvo siempre con esta santa imagen.”

         Prefirió, como vemos, este lugar apartado y apacible al que le hubiese correspondido en la casa del generalato en Roma.

         Y para el final hemos dejado a fray Andrés de Guadalupe, religioso franciscano natural de La Puebla de Guadalupe (Cáceres), que por razón de sus cargos conocía a la perfección los conventos de nuestros pueblos. Ocupó los puestos de visitador provincial, vicario provincial, confesor de las infantas de España y del convento de las Descalzas Reales de Madrid y comisario general de Indias. Es autor, entre otros libros, de “Historia de la Santa Provincia de los Angeles de la Regular Observancia y Orden de Nuestro Seráfico Padre San Francisco”, obra editada en 1662 y bellamente reeditada en facsímil hace pocos años por el servicio de publicaciones del Archivo Hispano Americano. En él se habla de la fundación y de la historia de los conventos franciscanos de La Algaba, Lora del Río, Peñaflor y Villaverde del Río; pero eso ya es tema para otra comunicación.

Con ésta hemos pretendido, por un lado, rescatar del olvido colectivo algo del rico pasado de los pueblos que conforman la comarca de la Vega de Sevilla, y, por otro, encontrar lazos de unión que hagan superar las barreras locales para hacer frente al futuro con nuevos proyectos comunes, tan aplaudibles como estas “I Jornadas de Historia de la Vega”.

Manuel Morales Morales

Bibliografía

Fray Juan ÁLVAREZ DE SEPÚLVEDA. “Historia sin historia campesina y geográfica de la Sagrada y pequeñita Imagen de Nuestra Señora de Aguas Santas cerca de la ciudad de Sevilla”. Manuscrito. 1680-83 (perdido)/ Copia de fray Juan Antonio MAESTRE. Manuscrito. 1739. Institución Colombina. Biblioteca del Arzobispado/ Copia de José RUIZ. Manuscrito. 1853. Familia Pérez-Palacios de Villaverde del Río/ Transcripción de Francisco GARCÍA CHAPARRO. Edición impresa. Sevilla 1970.

  Fray Juan Alvarez de Sepulveda - El Primer historiador de la Vega

ACTAS - I Jornadas de Historia sobre la provincia de Sevilla

La Vega del Guadalquivir

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                 ASCIL (Asociación Sevillana de Cronistas e Investigadores Locales)

Artículo publicado en:   www.ascil.es

Manuel Morales Morales