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Cuando en el siglo VIII los ejércitos musulmanes se apoderaron de lado la península Ibérica, la incipiente España medieval quedó fragmentada en dos bloques: los invasores islámicos por un lado; cristianos y judíos, por otro.

 Por César Vidal.

    Oh, España! La mas hermosa de todas las naciones desde Occidente hasta la India. Tierra bendita y feliz, madre de muchos pueblos ... de ti reciben la luz el Oriente y el Occidente. Con razón, ya hace mucho tiempo, te deseó la dorada Roma, cabeza de gentes, y, aunque vencedor aquel empuje romano te desposara primero, luego, el muy floreciente pueblo de los godos, tras haber conseguido numerosas victorias, a su vez te tomó y amó...". Así se expresaba durante el siglo VII Isidoro de Sevilla, el intelectual más ilustre de  Occidente. Razones no le faltaban para el optimismo.Crisol de la cultura clásica, cristiana y germánica, España era una nación situada a la cabeza de la cultura occidental. Esa situación iba a verse, sin embargo, quebrada por culpa de la invasión islámica de inicios del siglo VIII.

     El echo apenas puede sorprender, ya que España estaba en el punto de mira de las ambiciones musulmanas desde los primeros tiempos del Islam. Así a inicios del siglo VIII, un ejercito islámico procedente del norte  de África cruzó  el Estrecho con el pretexto de ayudar a uno de los bandos políticos en que se dividía la España goda. Sin embargo, lejos de comportarse como fieles aliados, los musulmanes decidieron apoderarse de la Península. En contra de lo que se afirma a menudo, la resistencia planteada  por los hispanos fue encarnizada  y, a pesar de su superioridad militar, los invasores necesitaron varios años para sofocarla. Concluida esa tarea, la sociedad dominada quedó dividida en dos grandes bloques, el de los invasores islámicos y el de los invadidos cristianos y judíos. A su vez, cada uno de esos sectores sociales se subdividió en grupos de suerte muy distinta. Aquellos vencidos que habían osado resistir a los invasores se vieron sometidos al denominado régimen de sulh, que en el peor de los casos se tradujo en la ejecución de los varones y la esclavitud de mujeres y niños y, en el mas benévolo, en la sumisión seguida  de la entrega de bienes.

      Por el contrario, los hispanos que se rindieron sin ofrecer resistencia entraron en  el régimen de ahd, lo que les garantizó en teoría una cierta autonomía administrativa, la conservación de algunos bienes y la practica de la religión propia. Con todo, no podían aspirar a recibir el mismo trato que los musulmanes,  ni tampoco permitirse la predicación de su fe so pena de muerte. A todo ello, además, se añadía la carga de una serie de impuestos que pesaban sobre los musulmanes, como el personal (shizya). La población sometida no musulmana - que recibió el nombre de mozárabe, de musta´rib, el que se arabiza - fue durante bastante tiempo mayoritaria y durante décadas sintetizaron , junto a los hispanos convertidos al Islam,el compendio de la cultura en al-Andalus, cosa nada extraña si se tiene en cuenta su origen romanizado. Si diversa -y poco o nada halagüeña- era la situación de los cristianos, no lo era menos la de algunos musulmanes. Aunque el Islam  insiste en su carácter fraterno y suprarracial, la realidad es que, históricamente, los árabes han gozado en su seno de una situación de preferencia sobre los conversos de otras razas.Por lo que podemos apreciar en las fuentes islámicas, en la cima de la sociedad musulmana  constituida en suelo español estaban los árabes, que no abandonaron sus enfrentamientos intestinos en la península Ibérica, si no que los mantuvieron tan encarnecidamente como hasta entonces. A considerable distancia de los árabes, pese a ser musulmanes como ellos, estaban los beréberes.

        Procedentes de Mauritania (de ahí el apelativo de "mauri" del que deriva nuestro "moros"), fueron, sin duda, la fuerza de choque de los primeros invasores y, por ello, no debe sorprender que para los cristianos del norte pronto quedaran identificados con la denominación islámica. Tratados despectivamente por los árabes, se vieron incluso obligados a pagar el tributo personal de los no-musulmanes. Por debajo de ellos se encontraban los musulmanes españoles o muladíes - del árabe muwalladum,  utilizado para referirse a los hijos de los conversos-, que no podían aspirar a un trato de igualdad con sus correligionarios inversores pero que durante los primeros tiempos de la conquista constituyeron el único, y por ello esencial, sustrato culto de al-Andalus.

 
                                    Los beréberes se instalaron en los montes Cántabros y del sistema Central


       Si la invasión islámica significó para la aplastante mayoría de los hispanos un descenso en la escala social por razones religiosas y /o raciales, lo mismo puede decirse de su situación económica. El botín obtenido por los musulmanes en el asalto a las ciudades fue, desde luego, considerable. Por lo que se refiere a los bienes raíces, pasaron a manos de los invasores los esquilmados en virtud de shul, al que ya nos hemos referido. De estos hubo que restar un quinto (jums) y unas tierras y yermas que pertenecían por definición al Califa de Damasco. Así, los primeros bereberes se instalaron primero en las laderas de los sistemas Cantábrico y Central y en las montañas andaluzas, mientras que contingentes procedentes de Siria y Egipto fueron ubicados en el sur de España. Poco puede extrañar que, partiendo de una fragmentación social que afectaba de manera especial a los musulmanes y que, de hecho, perpetuaba privilegios raciales, las luchas civiles formaran parte del escenario político de al-Andalus desde sus inicios. Durante las cuatro décadas largas que siguieron (716-758), el gobierno de los distintos valíes dependientes del califa de damasco fue testigo de los enfrentamientos de los clanes árabes entre sí y de los bereberes, también entre sí. A mediados de ese siglo VIII, ante la esperanza de escapar del terrible yugo islámico, millares de mozárabes abandonaron al-Andalus y emprendieron camino hacia el Norte. A fin de cuentas, con los que allí resistían les unía la lengua, la religión y un sentimiento de oposición a un déspota invasor. A finales de ese mismo siglo, el dominio islámico se extendía por la mayor - y más fértil- parte de la península Ibérica. Sin embargo, algunas realidades resultaban trágicamente significativas. En primer lugar, se hallaba la evidente incapacidad de los invasores musulmanes para articular una estructura política estable.


      En segundo lugar, como consecuencia y a la vez causa de lo anterior, al-Andalus carecía de una coherencia que permitiera no solo mantener un statu quo tolerable para los fieles se las distintas religiones que vivían en su territorio sino incluso para los musulmanes que no pertenecían a alguna de las aristocracias árabes. Buena prueba de ello fueron las continuas revueltas de beréberes, sirios y muladíes y también los repetidos éxodos de mozárabes hacia el Norte en busca de un espacio de libertad.           

      Finalmente, al-Aldalus había sido incapaz de conjurar la resistencia asturiana a pesar de la enorme diferencia de recursos. Frente a esta situación, el emir Abderramán I comenzó a pergeñar una respuesta sustancialmente militar que, aunque tuvo escaso éxito frente a la resistencia cristiana, acabó afianzando su poder interior. Iba a ser labor de su hijo Hisham depurar este instrumento que alcanzaría su máxima expresión en los tiempos finales de un califato aún no constituido. Asentada temporalmente la situación interior,  Hisham decidió aplastar  la empecinada resistencia norteña. Para ello recurrió a un nuevo tipo de campaña denominada "aceifa" -de saifa, verano en árabe- que cumplía una doble finalidad. Por un lado, permitía obtener cuantioso botín a los participantes, con lo que calmaba las luchas internas con la obtención de un beneficio común, y, por otro, preparaba la aniquilación del enemigo asturiano a través de su ruina económica. Esta ultima circunstancia obligaba a atacar el norte a finales de la primavera o inicios del verano, cuando las cosechas, aún en los campos, podían ser fácilmente destruidas.

       Si terribles eran esas circunstancias para los cristianos que vivían en los recintos del Norte, no resultaba difícil imaginar cómo era la situación de los cristianos mozárabes en territorio musulmán. Prohibida la construcción de nuevas iglesias, la utilización de campanas y el regreso a su religión so pena de muerte, en caso de que un momento de debilidad hubieran abrazado el Islam, se vieron además  sometidos a un proceso sistemático de aculturación. Resulta por ello admirable que, a pesar de todo, en esa época la aplastante mayoría de los habitantes de al-Andalus hablara en romance, considerando el árabe la legua de los invasores que muy pocos conocían incluidos los conversos muladíes. El bilingüismo de las clases altas mozárabes era, por otra parte, romance y latín pero no árabe. A partir de este momento, las presiones para abandonar el latín y el romance en pro del idioma  de los dominadores se hicieron insoportables. Puede comprenderse que arrastrando semejante vida de parias sometidos a todo tipo de presiones, acabara produciéndose una crisis nacida en una minoría desesperada que solo aspiraba a seguir sobreviviendo y a la que el Islam estaba privando de su derecho a existir incluso sometida. En 822 y 850 se produjeron ejecuciones de cristianos en territorio de al-Andalus y en 851, Álvaro de Córdoba, un laico, y Eulogio, un presbítero, se pusieron a la cabeza de una rebelión no-violenta en pro de la libertad de conciencia.


































Cada vez que la victoria cristiana parecía  al alcance de la mano, los musulmanes recibían importante ayuda militar y material del otro lado del Estrecho



Aumentaba el número de exiliados que buscaban su futuro en el norte


    Durante ese año y el siguiente, el emir Abderramán ordenó numerosas detenciones y ejecuciones de cristianos. Ni siquiera su muerte detuvo la situación, y su sucesor Muhammad dispuso incluso que todos los cristianos fueran expulsados de la corte,  que se les gravara con nuevos impuestos y que se destruyeran sus iglesias.Las ejecuciones de mozárabes no cesarían hasta el 11 de marzo de 859. El Islam demostraba su incapacidad para tolerar otra religión, no ya en régimen de igualdad sino de mera libertad de expresión. Tampoco estaba dispuesto a permitir por mas tiempo la existencia de una cultura paralela que hasta entonces al menos había sido muy superior. Sin embargo, la violencia despiadada del emirato no sofocó las ansias de libertad de los cristianos sometidos a su poder. Por el contrario, las fuentes del siglo X muestran que seguía existiendo una profunda amargura entre los mozárabes por la ausencia de libertad y el desdén al que se veían sometidos. Siguieron, desde luego, repitiéndose los martirios, aunque a menor escala que durante el siglo anterior y, por otro lado, se multiplicó el número de exiliados que abandonaban al-Andalus para lanzarse a un inseguro futuro en el norte. Con todo, no fueron los pacíficos mozárabes  hispanos que mas problemas plantearon a los gobernantes árabes de al-Andalus.Semejante tarea correspondería a aquellos que habían abrazado el Islam -los muladíes- y que, por su condición hispana, se veían injustamente relegados por los invasores venidos del otro lado del Estrecho. Aunque los conflictos entre los muladíes y los árabes comenzaron ya en los primeros años de la invasión y se prorrogaron durante el emirato en medio de cruentas acciones represivas, alcanzarían su punto álgido durante el gobierno de los tres emires en torno a personajes como el legendario Omar ibn Hafsún.


    La proclamación  del califato con Abderramán III no cambió en absoluto la situación de terrible discriminación que padecían, no solo los no musulmanes sino también los que no profesaban la fe islámica pero no eran árabes. A esas alturas, si hemos de ser justos con los datos históricos, casi todo el edificio andalusí seguía elevado sobre lo que había sobrevivido de la herencia hispanorromana aniquilada por los invasores musulmanes dos siglos antes. Así las aldeas o cortijadas rurales insertas en el seno de una gran propiedad construían una herencia clara del Bajo Imperio Romano; la mayor parte de las ciudades eran de origen pre-islamico; las casas que suelen denominarse árabes o andaluzas seguían un claro patrón romano; el sistema de aparcería estaba copiado de los bizantinos y la agricultura se sometió a patrones emanados directamente de los conocimientos romanos, como el uso y trazado de canales y acequias, conservados por los visigodos. Ni siquiera puede decirse que la importación  de especias vegetales llevada a cabo por los árabes tuviera una especial importancia. De hecho, alguna que se les atribuye, como el arroz, ya era conocida en la época de la dominación romana.  Posiblemente lo que sí fue característico del dominio islámico fue la agobiante intolerancia religiosa, el racismo arabista y la consolidación de un sistema latifundista de propiedad de la tierra en que las tierras mas productivas pertenecían al califa y a la aristocracia árabe asentada en el Sur, Levante, Valle del Ebro y Toledo. En otros terrenos  como la minería o la ganadería, los súbditos del califa tampoco superaron los logros económicos que había conocido España bajo el dominio romano o incluso el reino godo. Importante fue, sin duda, el comercio de la época califal. Sin embargo, cuando se analizan los bienes que se ofrecían a la venta, nos encontramos, primero, con que eran en buena medida objetos no de consumo popular sino de lujo y, por ello, destinados a las clases mas elevadas , segundo, con que la comercialización  de los bienes que no podían ser absorbidos por los estratos más acaudalados no corrió a cargo de los musulmanes. Carentes estos de espíritu de empresa, tal tarea quedó encomendada a los judíos y a los mózarabes que, marchaban con esos productos a las zonas cristianas del norte para, en ocasiones, quedar incluso asentados en ellas.

 

Parte de la riqueza y del comercio del califato venia del trafico de esclavos


     Finalmente, y este es un aspecto que conviene destacar,  una proporción extraordinaria de la riqueza y del comercio del califato descansaba sobre el trafico de esclavos ya que, a diferencia del Cristianismo, el Islam no sólo no condena la esclavitud, si no que la considera moralmente licita e incluso fuente legitima de ganancias económicas. Tanto durante el califato de Abderramán III como a lo largo de la dictadura de Almanzor, el Islam fue enemigo agresivo que no dejó de desencadenar sus golpes sobre los reinos del norte a la vez discriminaba a los no-musulmanes en al-Andalus. De hecho, la actitud hacia la guerra  de Almanzor enlazaba a la perfección con el sentido de la yihad a que se refería el Coran.  Su finalidad no era solo la defensa de los ataques o la desarticulación preventiva de futuras amenazas, sino el aplastamiento de cualquier Estado, aunque estuviera sometido o fuera pacífico, que no perteneciera a Dar al-Islam. En todo momento, debía quedar de manifiesto el poder musulmán para saquear, arrasar y cautivar a los infieles. Esa mentalidad fue la que impulsó, por ejemplo, a Almanzor a arrasar Barcelona(985), León y Zamora(987), Santiago de Compostela(997) o Pamplona(999). Con todo, al fin y a la postre, los reinos y condados cristianos resistieron y el califato se desintegró incapaz de crear un sistema político cohesionado. La fragmentación sufrida por el al-Andalus tras la desintegración del califato resultó, ciertamente, espectacular. No menos de veintisiete reinos de taifas se formaron de sus ruinas. Las razones para semejante desplome deben buscarse en la practica imposibilidad de mantener en el aparato del Estado e incluso la vida económica de la nación  sin el recurso a las expediciones de saqueo contra los reinos y condados cristianos; y en la división social que a los motivos religiosos superponía criterios raciales.      

      Que los musulmanes debían vivir encaramados sobre judíos y cristianos no admitía discusión a la luz de las enseñanzas coránicas. Cuestión aparte era la discriminación que distintos grupos musulmanes en relación a otros y eso por cuestiones de sangre. Los reinos de taifas se formaron precisamente en torno a esa separación. Si los andalusíes se quedaron con el dominio del centro y de los valles del Ebro y del Guadalquivir, en Badajoz y Toledo el poder fue asumido por dos dinastías bereberes. Así, mientras en Zaragoza reinaban los tuchibíes en Albarracín la dinastía de los Banu Rasín; los eslavones y los árabes yemeníes de la familia de Almanzor dominaron los reinos de Levante como Valencia o Tortosa. El que los bereberes pretendieran conservar la ficción del califato en los reinos de la región suroriental  de Andalucía-Málaga, Granada...- no alteraba en absoluto la realidad.


La intolerancia religiosa musulmana provocó que poblaciones enteras de cristianos y judíos tuvieran que elegir entre convertirse al Islam o afrontar el exilio


        El califato había concluido, al-Andalus había estallado en decenas de reinos y los reinos cristianos hubieran podido liquidar en un plazo relativamente breve la obra reconquistada. Si no fue así, hay que atribuirlo a las oleadas de integristas  islámicos -almorávides, almohades y benimerines- que cruzarían el Estrecho procedentes del norte de África con la intención de reverdecer los laureles mustios del Islam asentado en la Península. Si los almorávides amenazaron no sólo la libertad de los reinos de España sino también la de otros situados en el occidente cristiano, los almohades no sólo prosiguieron con una política de desarraigo de la lengua romance entre la población -una tarea llevada a cabo de manera pertinaz por el califato y los almorávides con anterioridad-, sino que multiplicaron las muestras de intolerancia religiosa. Tuvo así lugar un verdadero genocidio de raíz islámica en que las poblaciones enteras de cristianos y judíos tuvieron que exiliarse o abrazar el Islam, o verse reducidos a la esclavitud o la muerte. De manera similar, la imposición violenta de la prohibición del alcohol, de vestimentas especificas o de quema de libros - todas ellas medidas de rancia raigambre islámica- estuvieron a la orden del día. De esa manera, si los almorávides significaron un freno para la cultura en  al-Andalus, los almohades resultaron una catástrofe. Bajo su dominio, se produjo la aniquilación de las ciencias y de las letras y una limitación en la producción artística. Baste decir que dos personajes de extraordinaria importancia cultural como fueron el filósofo musulmán Averroes (1126-1198) o el médico filósofo judío Maimónides padecieron la represión de sus obras y el exilio. Si la península Ibérica se vio al fin libre de estas oleadas cuyo objetivo extenderse al resto de Occidente, se debió a una suma feliz de factores políticos. El primero fue la conciencia desde el mismo siglo VIII de que España era una nación que debía ser liberada del invasor. Así, Alfonso III  autodenominó rex totius Hispaniae (rey de toda España), Sancho III de Navarra se refirió a su patria España y señaló a los reyes godos como antecesores y Alfonso X el Sabio escribió una Historia de España en la que afirmaba que "esta España tal y como el paraíso de Dios... E España, sobre todas las cosas, es ingeniosa, y aún temida y esforzada en lid; ligera en afán, leal al Señor, E sobre todas  España es abundada en grandeza; más que todos preciada por lealtad. ¡ Oh, España, non ha ninguno que pueda contar tu bien!". 


En el Norte cristiano se hablaba en romance, latín, árabe y hebreo


     Esa voluntad de recuperar la libertad sostuvo la lucha contra el Islam desde don Pelayo hasta los Reyes Católicos. El segundo factor fue la capacidad creciente de los reinos cristianos y, muy en especial de Castilla, para proporcionar una tolerancia a Judíos e incluso a musulmanes que no había existido en el al-Andalus. Mientras el Sur era víctima del integrismo islámico, el norte cristiano aprovechaba  el saber comunicado en romance, latín,  árabe o hebreo. El tercero fue la convicción de que no podía existir posibilidad de vivir con un enemigo agresivo y traicionero al que sólo  cabía vencer. El cuarto, la creencia de que esa lucha carecía del apoyo de Dios, que no podía desamparar a los que eran exterminados por no abrazar la religión de Mahoma. Semejante visión no se redujo a los cristianos, sino que se amplió a los judíos hasta el punto de que estos bailaron en las calles de ciudades como Gerona al saber que los Reyes Católicos habían tomado Granada. Serian los judíos los que, finalmente, más padecerían al ser expulsados en 1492. Cuando ese mismo año concluyó la Reconquista, a pesar de ese enorme sufrimiento de siglos derivado del Islam, las condiciones otorgadas a los musulmanes granadinos fueron extraordinariamente generosas; sin parangón en ninguna conducta seguida por los musulmanes en España.

        Tampoco existe paralelo entre el trato reservado por las distintas invasiones islámicas al patrimonio artístico hispano y el que los vencedores concedieron ahora al islámico. Como ha señalado el arabista Serafín Fanjul, si hasta  nosotros han llegado monumentos de Córdoba o la Alambra  de Granada ha sido porque los vencedores fueron los cristianos y no alguno de los movimientos islámicos posteriores. De hecho, nada se ha conservado del esplendor Damasco o la Bagdad califales, precisamente porque los vencidos en las guerras fueron otros musulmanes que borraron cualquier vestigio del vencido. La lección quedaba, por lo tanto, bien aprendida. De ese análisis realista iba a nacer una política de seguridad frente al Islam nacida del deseo de asegurarse  un futuro pacifico y exento de agresiones procedentes de aquellos que durante casi ocho siglos no habían dejado de descargar sus golpes contra los españoles. La seguridad nacional frente al Islam no quedaba, en absoluto, garantizada por la desaparición del reino moro de Granada y los piratas berberiscos no dejarían de llevar a cabo incursiones contra las costas españolas con la colaboración de los musulmanes granadinos. La manera en que España, nuevamente libre de la invasión islámica, iba a hacer frente a ese desafío constituye otra historia. Se trata empero de historia real y no como el mito - sólo justificable desde la ignorancia o la dictadura de lo políticamente correcto- de una convivencia pacífica e idílica entre la religión de los despiadados invasores y las de los desdichados invadidos.

Guerra Santa contra todos los fieles

La actitud belicosa de algunos caudillos árabes, como Almanzor, enlazaba con el sentido de "yihad" a que se refiere el Corán: aplastar cualquier Estado que no perteneciera a Dae al-Islam (la casa del Islam).

Arriba, un ejercito moro según las Cantigas de Santa María, de Alfonso X el sabio. Tanto cristianos como judíos se vieron abocados a hacerse musulmanes si no querían morir o convertirse en esclavos. A ala derecha, judíos hispanos de camino a la sinagoga.

La Imposible convivencia

Musulmanes, frente a Cristianos y Judíos.

Revista Muy Especial Nº 65